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sábado, 3 de enero de 2026

¿Se explica o no se explica?

 


Me pareció interesante este artículo aparecido en la Revista Ñ, del 29 de enero de 2011, sobre todo para los que creemos que el arte es el resultado del trabajo serio y del talento reflexivo. Ante una obra incomprensible el espectador nunca debe preguntarse qué quiso decir el artista. La comunión entre la obra y el espectador debe ser inmediata y sin intermediarios. Es por eso que defendemos a la pintura realista y bregamos por su renacimiento. El espectador es nuestro aliado y no pretendemos agredirlo.
El artículo, en cuestión, fue escrito por José Fernández Vega y se refiere al libro de Marc Jiménez, “La querella del arte contemporáneo”, y dice más o menos así:


Ese algo indefinido que llamamos arte

“La cuestión del arte contemporáneo se plantea desde hace un siglo y se agudiza con cada inauguración, subasta o escándalo, sostiene Marc Jiménez. Su libro interpela parejamente a artistas, crítica, teoría, público y mercado.
En qué momento se jodió el arte contemporáneo? ¿Fue acaso en 1917, cuando Marcel Duchamp, sospechoso habitual, compró un urinario en un comercio, lo firmó con seudónimo y lo emplazó en una muestra convencional? ¿O con los delirios que Dada organizaba durante la Gran Guerra? ¿Tuvo lugar en su mismo origen, con los primeros cubistas? ¿Ocurrió mucho después, con las extravagancias de los años sesenta? Los ejemplos podrían multiplicarse al infinito. ¿Sería mejor, entonces, si en lugar de indagar a los artistas acusáramos a Hegel, a Nueva York, a Guido Di Tella? ¿Serán responsables los alcaldes porque advirtieron que una bienal improvisada o una modesta colección dentro de un edificio de gran diseño, podían volverse rentables atracciones turísticas? ¿Sería más justo apuntar contra esos magnates que, en busca de prestigio y bohemia, pagan fortunas de su dinero negro azuzando la obscena estampida de precios? La Gran Obra de Arte, o su nostalgia, parece representar la última figura de autoridad todavía popular en una cultura donde todas las instituciones muestran heridas abiertas y las antiguas certezas se evaporan. El arte contemporáneo no ofrece, como en el pasado, obras maestras inmediatamente accesibles a todo público, de las cuales el entendido admiraba unos aspectos, otros el observador lego, y ambos quedaban reconfortados por igual.
La historia se transformó completamente a partir de comienzos del siglo XX, cuando Duchamp, con su mingitorio, abrió la posibilidad de que cualquier cosa pudiera ser considerada una obra de arte, incluso un objeto banal, cuya apreciación estética el artista repudiaba. Duchamp buscaba suprimir la noción de belleza para hablar de las obras y superar un ideal establecido a través de los siglos. Las consecuencias de su gesto radical fueron inmensas y siguen irritando a una mayoría, apartada de las salas de exposición e indignada por lo que allí se exhibe.
La hostilidad hacia el arte contemporáneo no sólo se manifiesta en un gran público que se siente ultrajado y le da la espalda, sino también entre los especialistas. En su libro, Marc Jimenez reconstruye una controversia que estalló en Francia a comienzos de la década de 1990, cuando una serie de artículos impugnaron con violencia la escena artística del momento. Denunciaban a sus animadores por impostores, superficiales representantes de una interminable decadencia. Reprochaban las subvenciones para realizaciones estúpidas que los museos y las galerías recibían complacientes.
Las instituciones fomentaban transgresiones que incorporaban, felices, a sus colecciones. Los artistas disfrutaban de su nulidad y su falta de oficio sufragados con dinero público. El arte había cercenado sus vínculos con la sociedad, a la que ya no servía como dispositivo crítico, ni como fuente de placer. Nadie tenía la menor idea de cómo evaluar una obra.
Los partidarios del arte contemporáneo adoptaron una actitud apenas defensiva. Carecían de argumentos, se amparaban en obviedades. Era para ellos muy difícil justificar esos principios que, aplicados a su música, el revolucionario John Cage enumeró con ironía: “Ningún tema, ninguna imagen, ningún gusto, ninguna belleza, ningún mensaje, ningún talento, ninguna técnica, ninguna idea, ninguna intención, ningún arte, ningún sentimiento”.


 El gran público que quiere ver arte y admirar se refugia en los museos.




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martes, 30 de diciembre de 2025

¿Por qué odian a los talentosos?


                                                                              

El odio es un sentimiento jodido en las artes plásticas. No se manifiesta ni se hace público por un asunto de pudor, pero existe. Fomentado por los oportunistas que han logrado (gracias a varios factores) usufructuar un lugar reservado sólo a unos pocos, el odio está dirigido particularmente a esas personas que nacen con talento; esa condición sinequanon de las artes.

                                                                              

Por Rubén Reveco, editor

Hay excepciones -desde luego- pero en esta oportunidad vamos a hablar de la norma. La tendencia mayoritaria de los artistas contemporáneos (y del stablimesch que los sostiene) es profesar odio hacia los artistas "tradicionales" que resisten a través de las distintas disciplinas artísticas. Esto se manifiesta con comentarios desdeñosos: "Sólo tiene condiciones técnicas", "es un buen copista, pero...", "ya nadie pinta", "es un anacrónico", "el arte realista no es provocativo ni desestabilizador", etc. 
¿Y por qué sucede esto? Porque el que odia en las artes es un mediocre disfrazado de artista.
Aunque usted no lo crea, actualmente el talento es una condición peligrosa. El talento -por ejemplo- que se necesita para expresarse a través de la belleza; esa virtud bastardeada y tan poco cultivada entre los "modernos".


El talento y el arte

El arte contemporáneo y su relato nos quiere hacer creer que ya no es necesario tener talento para ser artista. Según ellos, nosotros -los artistas plásticos- no comprendemos que existe un nuevo paradigma y que es inútil y tonto perseverar en pintar -por ejemplo- y menos rescatar a la belleza del basural a donde ha sido arrojada.
Sin embargo, al arte se lo sigue asociando a esta característica tan singular de los seres humanos. Sin talento no existe poesía, música, baile, pintura o escultura... Ahora bien, ¿que entendemos por talento?
José Ingenieros en su libro El Hombre Mediocre plantea una diferenciación entre genio y talento: Llama genio al hombre que crea nuevas formas de actividad no emprendidas antes por otros o desarrolla de un modo enteramente propio y personal actividades ya conocidas; y talento al que practica formas de actividad, general o frecuentemente practicadas por otros, mejor que la mayoría de los que cultivan esas mismas aptitudes.
El talento se puede considerar como un potencial. Lo es en el sentido de que una persona dispone de una serie de características o aptitudes que pueden llegar a desarrollarse en función de diversas variables que se pueda encontrar en su desempeño.
El talento es una manifestación de la inteligencia emocional y es una aptitud o conjunto de aptitudes o destrezas sobresalientes respecto de un grupo para realizar una tarea determinada en forma exitosa. 



El talento puede ser heredado o adquirido mediante el aprendizaje. Por ejemplo, una persona que tenga el talento de ser buen dibujante muy probablemente legará esta aptitud a sus hijos o a alguno de sus descendientes. Asimismo una persona que no es y desee ser dibujante deberá internalizar mediante el aprendizaje continuo y esforzado la destreza e internalizarlo en su cerebro la condición que le permita desarrollar la aptitud.
El talento intrínseco a diferencia del talento aprendido es que el individuo lo puede dejar de ejercer por mucho tiempo y volver a usarlo con la misma destreza que cuando dejó de usarlo; el talento aprendido requiere de ser ejercitado continuamente para no perder la destreza.


Me encontré con un estudiante de arte

Hace unos meses me encontré con un joven y atribulado alumno de una escuela de arte. Estaba por repetir el año. Este fue más o menos el diálogo:


-Mi profesora de pintura se enfurece cuando trato de ser prolijo.

-¿Y para qué estudias arte en esa escuela?
-Porque también necesito el título de maestro. Con las artes nunca se sabe ¿vio?
-¿Y qué te dice la profesora?
-Estábamos pintando una naturaleza muerta y me decía que no tengo que hacerla tan depurada .
-¿Y qué propone?
-Que mire a Pablo Picasso... que el tema es sólo un pretexto.
-¿Te gusta Picasso?
-La verdad que no mucho. Su período Azul me gusta mucho... después no.
-¿Y tu profesora qué hace?
-Ella es moderna. No pinta. Hace performance.
-¿Y porque te da clases de pintura si no pinta?
-Creo que también necesita el trabajo... pero ella desprecia a los pintores y ni hablar si hacen realismo...
-¿Una profesora de arte que desprecia a los artistas? ¡Es raro!
-Sí.
-Entonces ¿qué vas a hacer?
-Necesito alguien que pinte y que me de unas clases. ¿Usted está dando?
-No doy, pero te podría ayudar...

Y quedamos de acuerdo que asistiría dos veces por semana a mi estudio durante un mes, con el compromiso que ninguno de los dos diría nada de las clases de apoyo. 

Hay que ayudar a los estudiantes. Quien sabe, podríamos estar perdiendo un gran artista. 
Lo último que supe es que había aprobado.




ANEXO

El odio, esa mala palabra


El odio es un sentimiento de profunda antipatía, disgusto, aversión, enemistad o repulsión hacia una persona, cosa, o fenómeno, así como el deseo de evitar, limitar o destruir a su objetivo.
El odio se describe con frecuencia como lo contrario del amor o la amistad. El odio puede generar aversión, sentimientos de destrucción y ocasionalmente autodestrucción, aunque la mayoría de las personas puede odiar eventualmente a algo o alguien y no necesariamente experimentar estos efectos.
El odio no es justificable desde el punto de vista racional porque atenta contra la posibilidad de diálogo y construcción común.
El odio es una intensa sensación de desagrado. Se puede presentar en una amplia variedad de contextos, desde el odio de los objetos inanimados o animales, al odio de uno mismo u otras personas, la existencia, la sociedad o cierto tipo de arte. 









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lunes, 29 de diciembre de 2025

El triunfo de los imbéciles


Artículo de opinión del diario La Vanguardia de España.


Un hombre disfrazado le tiró un pastel a la pintura más famosa del mundo.


Flaubert sostenía que la imbecilidad era una roca inexpugnable, porque todo el que choca contra ella se despedaza. Puede que eso fuera así en el siglo XIX, pero en nuestros días son numerosos los idiotas que consiguen triunfar en la vida después de cometer una imbecilidad. Ser un insensato, lejos de estar penalizado, a menudo tiene premio. Y no solo los quince minutos de gloria que Warhol presumía que están al alcance de todo ser humano. En la sociedad del espectáculo, cometer una fechoría no está penado. Son legión los irresponsables que se arriesgan a hacer una locura para ser trending topic­ o para arrasar en TikTok. Y de ahí a ser un influencer que acaba re­sidiendo en Andorra para pagar menos impuestos tampoco hay tanto trecho.

El último de esta corte de cretinos es un varón que lanzó una tarta contra La Gioconda de Leonardo Da Vinci. Entró en el Museo del Louvre de París sentado en una silla de ruedas y disfrazado de anciana. Afortunadamente, el lienzo está protegido por un cristal antibalas y por una barandilla que impide que los visitantes se acerquen, así que no sufrió daños. Pero el insensato, que fue detenido por los guardas de seguridad del recinto, consiguió notoriedad en las redes sociales, que seguramente es lo que pretendía.

La historia del célebre cuadro de la Mona Lisa, que acompañó a Leonardo hasta su muerte, cuando fue adquirido por el rey Francisco I de Francia, acumula episodios grotescos de personajes que intentaron pasar a la pequeña historia del desvarío. En 1956, un boliviano le lanzó una piedra que hizo saltar parte del pigmento del codo izquierdo; en 1974, una japonesa intentó mancharlo con pintura roja cuando se expuso en Tokio, y en el 2009 una rusa le tiró una taza de té que se estrelló en el cristal. Antes, en 1911, la tela fue robada por un empleado del Louvre y estuvo dos años desaparecida. Entonces, la policía sospechó de Apollinaire y de Picasso por sus boutades acerca de que había que quemar los museos. Así que el exhibicionismo no es nuevo, lo que resulta una novedad es que la gente prefiera hacerse una selfie junto a una tela antes que extasiarse frente a un cuadro o le lance un pastel para tener más likes en Instagram. (Fuente)


domingo, 7 de diciembre de 2025

"El nacimiento de Venus", de Willian A. Bouguereau (Análisis)

 


“El nacimiento de Venus” es una de las mejores obras de William-Adolphe Bouguereau. Al igual que Jean-Leon Gerôme, es un claro exponente del academicismo francés de la segunda mitad del siglo XIX.





Bouguereau sentía auténtica fascinación por la figura femenina, lo que le llevó a hacerla protagonista de la mayor parte de sus obras. Respetuoso con la moralidad de su tiempo, plasmada en las rígidas reglas de la pintura académica , recurrió siempre a escenas de la historia antigua y la mitología clásicas -como es el caso aquí- para poder pintar el cuerpo de la mujer en todo su esplendor sin riesgo de escandalizar a sus coetáneos.
En esta pintura, la diosa romana del amor se nos presenta momentos después de emerger de las aguas sobre una concha -recordemos que, tal y como nos dice el mito de su nacimiento, Venus surgió de la espuma del mar formada por el semen de Urano, cuando su escroto fue cercenado y arrojado a las olas por su hijo Cronos.
Así pues, en esta ocasión Bouguereau se sirve de la génesis venusiana para poner de manifiesto magistralmente los encantos del cuerpo de la mujer.
El mayor atractivo de esta pintura radica, sin duda, en la sensualidad, incluso erotismo, que logra transmitir la joven diosa. La maestría con la que Bouguereau refleja la tersura de la piel, el efecto de la luz sobre ésta, la sinuosidad de la figura, el sugerente contraposto… todo está dirigido a ensalzar la belleza y el poder de seducción de la anatomía femenina.


William-Adolphe Bouguereau.


Acompañan a venus tres tritones, tres mujeres desnudas que podrían ser ninfas y numerosos “puttis”. Sin embargo, su propósito es meramente instrumental; sirven para resaltar, contextualizar y dar un sentido al desnudo envolviéndolo, eso sí, en un halo de trascendencia, que viene a conceder al cuerpo de la mujer ciertos atributos divinos.
Aunque las comparaciones son odiosas, resulta inevitable hacer el paralelismo con la famosa obra homónima que cuatro siglos antes pintó Botticelli. Y es que ambos pintores recurren a este tema mitológico como vehículo para ofrecer al espectador un arquetipo de belleza. No obstante, se trata de dos concepciones muy diferentes, casi opuestas – a decir verdad, pocas veces en la historia del arte una iconografía tan similar (en las dos pinturas el centro de la escena es una joven desnuda de larga melena, sobre una concha que flota en el mar) puede encerrar una iconología tan dispar.
En su obra, Botticelli busca ensalzar un tipo de belleza que podría calificarse de espiritual. La figura que nos muestra no es la Venus Afrodita de la tradición grecorromana , sino la Venus Humanitas renacentista, una auténtica alegoría del (utópico) equilibrio entre belleza, amor y verdad. La Venus de Bouguereau, en cambio, transmite una beldad eminentemente terrenal y concupiscente -aún sin estar exenta de cierta pretensión de espiritualidad, como se ha apuntado arriba.
De este modo, frente a la belleza serena, equilibrada y contenida que imprime el florentino a su Venus, Bouguereau exhibe una mujer atractiva, sensual y voluptuosa.
La actitud de cada una de las venus no deja de enfatizar esta diferencia. La de Botticelli adopta -aunque de manera graciosa- una pose púdica, tapándose el pecho y los genitales. La que pintó el académico francés, en cambio, se recrea ufana y despreocupada en su desnudez.
En pocas palabras, si el nacimiento de Venus de Botticelli estuvo pensado para alimentar el alma, este otro lo está para deleitar los sentidos.


VER TAMBIÉN:





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sábado, 4 de octubre de 2025

7 consejos para pintores principiantes

"El pintor en su estudio" (1629) Rembrandt


   Nota de la Redacción   

He decidido compilar en una única entrega el contenido que, hace unos años, fue presentado en este blog a través de siete capítulos independientes. Esta recopilación tiene como objetivo facilitar el acceso a los lectores, permitiendo una consulta más ágil y coherente del material. Confío en que esta iniciativa sea de gran utilidad para los pintores que se inician.


Es fundamental reconocer que el arte representa una de las actividades más enigmáticas y ancestrales de la historia humana. Desde tiempos inmemoriales, incluso anteriores a las primeras manifestaciones pictóricas o escultóricas, el ser humano interactuaba con elementos naturales como el fuego, aprendiendo a dominarlo y utilizarlo en su beneficio. De manera similar, la necesidad de protección ante las inclemencias climáticas impulsó la creación de vestimentas, recurriendo a los recursos disponibles en su entorno, como las pieles de animales. El dominio de la navegación, quizás inicialmente a través de la simple observación y aprovechamiento de objetos flotantes, también representa un hito temprano en el desarrollo humano. 


No obstante, la creación del arte, en sus diversas formas de expresión, marca un punto de inflexión trascendental. Dibujar o pintar, como primeras manifestaciones artísticas, representó una innovadora e inédita forma de expresión de la creatividad humana, estableciendo un precedente que influiría en el desarrollo cultural y social de las civilizaciones venideras. En esencia, el arte, desde sus orígenes más remotos, se erige como un testimonio tangible de la capacidad humana para transformar la realidad y expresar su mundo interior.


Por Rubén Reveco, editor

Ilustración de Arturo Asensio 

   1) Seguro que quieres ser pintor?   


Cuando hoy vamos a la librería y compramos carbonilla (unas inocentes ramitas de sauce) estamos por repetir un proceso originado hace miles de años. Porque al trazar una raya sobre una superficie estamos repitiendo lo que hicieron nuestros antepasados prehistóricos, cuando de un resto de una fogata tomaron una rama con su punta carbonizada y la usaron para hacer un trazo sobre la pared de su caverna: Habían inventado las artes plásticas.
Es decir, trabajaron con materia inerte pero con características de plasticidad. El barro, la piedra, las tierras de colores se podían modelar, alterar y transformar no sólo en objetos utilitarios (herramientas  y vasijas, por ejemplo) sino en objetos artísticos. Como un bisonte en la pared. Eso sí, no era un bisonte de verdad, era una representación. Estaba ahí, en la pared, no se movía, no era peligroso, pero existía.



martes, 30 de septiembre de 2025

¿Cuál pintura es más difícil de pintar? (Extraño estos debates entre artistas)


Hace 11 años se generó -vía facebook- este debate entre artistas y amigos. Hoy lo traigo de vuelta. Muy poco ha cambiado en el mundillo del arte. Lo dicho sigue teniendo la misma vigencia.
La pregunta en cuestión fue:
¿Cuál pintura es más difícil de pintar?
La de Claudio Bravo o la de Joan Miró.






En las redes sociales ya no se generan estos contrapuntos. Han pasado poco más de 11 años y pareciera que los artistas se han cansado de debatir sobre la actual realidad de las artes plásticas y su futuro como manifestación artística.