El incesante rumor del mar, un eco perpetuo de su vastedad, halla un paralelo en la quietud de los sellos adheridos a las postales. Las olas, con su vaivén rítmico, llevan consigo el murmullo ininterrumpido que las define, una banda sonora intrínseca a su existencia. De manera análoga, el sello se fusiona con la tarjeta postal, convirtiéndose en una parte inseparable de su identidad y propósito.
En esta analogía, el ruido de las olas no es una mera perturbación, sino una característica esencial, una impronta sonora que acompaña su movimiento incesante. Sin este rumor, la esencia del mar se vería incompleta. Del mismo modo, el sello, aunque pequeño, confiere a la postal su capacidad de trascender distancias, de llevar consigo un mensaje a través del tiempo y el espacio. Sin el sello, la postal, por hermosa que sea, carecería de su función comunicativa.
Así, la poesía nos invita a reflexionar sobre la inherencia de ciertos elementos a la naturaleza de otros. El ruido al mar y el sello a la postal son más que adiciones; son partes constitutivas que definen y completan, revelando la profunda interconexión que subyace en la aparente simplicidad de las cosas. (IA)
Este ruido irá siempre pegado
a las olas del mar
Irán siempre pegadas a él
Como los sellos
a las tajetas postales.





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