El nacimiento de Altazor, narrado con una prosa que evoca lo onírico y lo místico, se presenta como un evento cósmico y a la vez profundamente personal. La referencia a los treinta y tres años y al día de la muerte de Cristo no solo sitúa su origen en un plano de significación religiosa y simbólica, sino que también establece un paralelismo con la figura de un redentor o, al menos, de alguien destinado a una existencia trascendente. El "Equinoccio" y la atmósfera de "hortensias y aeroplanos del calor" añaden un toque de sinestesia y de extrañeza que permea todo el prefacio.
La descripción de los padres de Altazor es igualmente simbólica. El padre ciego, con "manos más admirables que la noche", sugiere una sabiduría profunda y táctil, una conexión con lo oculto y lo esencial. La madre, con su voz que "hablaba como la aurora y como los dirigibles que van a caer", y sus cabellos "color de bandera" y "ojos llenos de navíos lejanos", evoca una figura etérea y visionaria, ligada a la belleza y a la inminencia del fin. Estas imágenes construyen un linaje cargado de simbolismo, donde lo terrenal se fusiona con lo celestial, lo concreto con lo abstracto.
El acto final de Altazor, tomando su paracaídas y pronunciando enigmáticas palabras sobre estrellas y golondrinas, marca el inicio de una travesía hacia lo desconocido, hacia la muerte que se "acerca como la tierra al globo que cae". Esta imagen final no solo anticipa el tema central de la obra, la caída y la búsqueda, sino que también refuerza la idea de un destino ineludible y de una confrontación con la propia finitud, todo ello envuelto en un lenguaje poético que desafía la lógica y abraza lo metafórico.
Prefacio
Nací a los treinta y tres años, el día de la muerte de Cristo; nací en el Equinoccio, bajo las hortensias y los aeroplanos del calor.
Tenía yo un profundo mirar de pichón, de túnel y de automóvil sentimental. Lanzaba suspiros de acróbata.
Mi padre era ciego y sus manos eran más admirables que la noche.
Amo la noche, sombrero de todos los días.
La noche, la noche del día, del día al día siguiente.
Mi madre hablaba como la aurora y como los dirigibles que van a caer. Tenía cabellos color de bandera y ojos llenos de navíos lejanos.
Una tarde, cogí mi paracaídas y dije: «Entre una estrella y dos golondrinas.» He aquí la muerte que se acerca como la tierra al globo que cae.





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