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sábado, 13 de abril de 2024

El beso en el arte y como tema de la filosofía

"El beso", de Rodin. Para los platónicos, ese gesto tan placentero, electrizante y estimulante, era la instancia más concreta de contacto real entre almas. 

Pablo Maurette analiza la relación entre las funciones táctiles del cuerpo y el pensamiento, y rastrea el trabajo de los filósofos y escritores que dedicaron sus reflexiones a la piel. En estas páginas, como anticipo, un delicioso tratado sobre el sentido, la historia y los misterios del beso





En julio de 2011 la revista Rolling Stone publicó una entrevista a Larry David en la que el comediante habla con bastante detalle sobre su vida personal. Al preguntársele sobre sus primeros pasos en el mundo del amor, David cuenta que, en su adolescencia temprana, aquello que le generaba más ansiedad no era la cópula. Para entonces ya había visto fotos y películas pornográficas y comprendía -o creía comprender- los rudimentos básicos de la mecánica del coito. Lo que realmente lo intrigaba y lo hacía sentir inadecuado e inseguro frente a las chicas era el beso. Nadie le explica a uno, ni le muestra lo que sucede adentro de las bocas cuando dos personas se besan, dice David no sin razón. En Une vie divine (2006) Philippe Sollers hace la misma observación: "La pornografía insiste con los órganos para distraernos de la verdadera pasión interior, la que se desarrolla de una boca a la otra". Pero ¿cómo hablar de lo que sucede allí dentro, en la húmeda oscuridad del antro formado por las dos bocas? ¿Cómo describir lo que hacen los labios y las lenguas cuando dos personas se besan? ¿Dispone el lenguaje de suficientes verbos, adjetivos, onomatopeyas para dar cuenta de la apabullante variedad de sensaciones que se producen cuando dos personas se besan? Y si no dispone de los medios necesarios para describirlos, ¿cómo hará el lenguaje para explicar, para enseñar a dar besos? La perplejidad del creador de Seinfeld no sólo es comprensible sino que es compartida, me imagino, por muchísimos jóvenes prontos a dar su primer beso.





Me interesa explorar los misterios del beso y bosquejar elementos de una posible filematología (de filema, la voz griega para decir "beso"). Pero beso se dice de muchas maneras. Poco tienen que ver los besos de amor fraternal y filial, el beso de Judas, el beso de la paz, o el beso como saludo, con el beso erótico. El que me interesa es el último, el único que se da con la boca abierta. Según la etimología del verbo "besar" y del sustantivo "beso", el beso erótico con la boca abierta sería el más antiguo, el primero. "Beso" viene de basium en latín, que probablemente tenga sus orígenes remotos en el verbo sánscrito bhaad, "abrir la boca". El beso erótico, en particular el beso en la boca y el beso con la lengua, que ya aparecía evocado en los versos del Cantar de los cantares, es el más complejo, el más sofisticado de todos los besos, en primer lugar porque es un beso que se da y se recibe a la vez, y en segundo lugar porque requiere mucho más que el mero contacto con los labios. Del beso erótico participan la lengua, los dientes, la saliva, el aliento, las manos, los brazos, el cuerpo entero. Sabemos que el beso erótico, lejos de ser una práctica moderna u occidental, es algo propio del ser humano, universal y transhistórico. Antiguas estatuillas, bajorrelieves, pictografías, frescos y mosaicos hallados en templos hindúes y aztecas, en cuevas del País Vasco, en lupanares pompeyanos, en iglesias bizantinas celebran el beso como intercambio de almas y fundición de cuerpos, como origen de la vida. Acaso influidos por las varias estatuas romanas de Cupido y Psique besándose que sobrevivieron de la Antigüedad, Canova, Rodin y Brâncusi exploraron el tema en la escultura. Klimt, Hayez, Magritte y otros hicieron lo propio en la pintura. Hollywood hizo del beso una marca registrada. Sin embargo en todos estos casos, el beso en sí, lo que sucede adentro de las bocas, es un misterio que permanece sellado. Pintores y escultores representan la cadencia de los cuerpos de quienes se besan, sus expresiones extasiadas, sus bocas entreabiertas o cerradas, pero el beso en sí permanece inaccesible. Los besos en el cine suelen ser secos y por ende castos, más bien la repetición de una liturgia iconográfica que una auténtica exploración del fenómeno osculatorio. Es en la poesía, y en cierta tradición poética en particular que se origina en la Grecia helenística, florece en la Roma imperial y resurge con vigor en el Renacimiento, donde uno encuentra algunas de las más explícitas y exhaustivas evocaciones del acto de besar. Esta tendencia en la poesía de los siglos XV, XVI y XVII florece al tiempo que filósofos, médicos e intelectuales se dedican a pensar los fenómenos del amor y del erotismo con inusitado entusiasmo.
Hacia fines del siglo XVI Francesco Patrizi escribió la única obra de filosofía exclusivamente dedicada al tema del beso. El diálogo Delfino o del beso (ca. 1577) constituye un meticuloso análisis de la sensación de placer que produce el beso erótico. Si durante el Renacimiento, poetas y pensadores se ocuparon de este tema más que en ningún otro momento de la historia occidental es porque durante los siglos XV y XVI la cuestión del tacto pasó a un primer plano, tanto en la epistemología, como en la metafísica. Pero esta novedosa y desinhibida atención al beso también se debió a que el renacimiento de los clásicos greco-latinos y la invención de la imprenta, que ayudó a divulgarlos, iniciaron una verdadera revolución estética y promovieron el cultivo de sensibilidades poéticas menos pudorosas. Y así fue como los poetas se lanzaron a explorar la experiencia corpórea (háptica) del erotismo. [...]
Volviendo a la observación de Larry David y a la idea de que nadie jamás nos muestra ni nos explica qué es lo que sucede adentro de dos bocas que se besan, se me ocurre que esto quizá se deba al sencillo hecho de que la única manera de saberlo es besando. La filematología será una ciencia exclusivamente práctica. Pero si los místicos a lo largo de la historia se esforzaron por poner en palabras algo esencialmente inefable como la experiencia del éxtasis, la unión del alma con lo divino, ¿cómo puede ser que nadie haya buscado la forma de describir, de analizar, de anatomizar sistemáticamente el fenómeno del beso?



Doy un salto del siglo XXI al XIX, de Los Ángeles a Copenhague, de Larry David a Søren Kierkegaard, de la pregunta por el beso a un intento de respuesta. En una de las entradas del Diario de un seductor, Johannes (álter ego del autor, un neurótico donjuán protoexistencialista) confiesa que ha estado reuniendo material para escribir una Contribución a la teoría del beso. El tipo de beso que interesa a Johannes es el beso romántico heterosexual. "Un beso perfecto es aquel que se dan un hombre y una mujer. Un beso entre hombres es de mal gusto, o peor: tiene mal gusto." Para Kierkegaard el beso por sí solo no tiene valor alguno. Un beso robado, un beso por error, un beso entre hombres o entre mujeres, un beso entre niños no es un beso sino una mera instancia de contacto entre dos bocas. El beso que tiene interés filosófico es aquel producto del deseo erótico que produce placer sensual. A continuación el seductor propone una taxonomía de los besos, una clasificación de los besos por su sonoridad. Lamentablemente el lenguaje carece de onomatopeyas suficientes como para dar cuenta de la abrumadora variedad de sonidos que puede producir un beso, advierte Johannes. Kierkegaard intenta, sin embargo, una breve clasificación: el beso aplastado, el beso explosivo, el beso silbado, el beso fangoso, el beso resonante, el beso lleno, el beso hueco, el beso algodonado, etc. Pero los besos también se pueden clasificar de acuerdo con parámetros táctiles o temporales, sigue Kierkegaard. Está el beso tangencial, el beso de pasada, el beso pegote, el beso largo, el beso corto. Y si de distinciones temporales se trata, concluye el autor, la más interesante es la que existe entre el primer beso y todos los demás. "Esto nada tiene que ver con el sonido, el tacto o el tiempo en general. El primer beso es cualitativamente diferente de todos los demás. Muy poca gente se detiene a pensar estas cosas."



Al caprichoso y huidizo narrador kierkegaardiano parece interesarle más la originalidad del tema que el tema mismo, pues aquí sin más pone punto final a la cuestión. Hablando en términos filematológicos, su aproximación al tema es un beso tangencial, o de pasada, que nos deja sedientos de más.[...] Al proponer la idea del proyecto, Johannes el seductor había señalado que le resultaba muy curioso que no existiese libro alguno sobre el tema. Y había agregado que los filósofos no han hablado del tema porque no saben nada de besar ni de besos. Sin decirlo, Johannes sugiere que si hubieran sabido besar no se habrían dedicado a la filosofía.



Pero Kierkegaard estaba equivocado. Un filósofo renacentista sí se ocupó del tema en detalle y escribió un diálogo enteramente dedicado al placer del beso erótico. Kierkegaard publicó Diario de un seductor a comienzos de la década de 1840, y si ignoraba la existencia de esta obra es por la sola han hablado mucho de amor pero jamás se han detenido a preguntarse por el beso. Para Patrizi en la suavidad del beso se esconde el misterio de la mediación entre el cuerpo y el alma. El beso es la frontera entre lo material y lo espiritual. Al igual que Kierkegaard, Patrizi sólo se interesa por el beso heterosexual, el beso romántico de Paolo y Francesca, de Lancelot y Ginebra, de Romeo y Julieta. Y la investigación que llevan a cabo los interlocutores del diálogo se funda en la experiencia. Ambos hombres, el joven Delfino y el mismo Patrizi, dan por supuesto que el otro ha besado y proceden razón de que Delfino o del beso se publicó por primera vez en 1975. El diálogo sobrevivió en un único manuscrito que más de tres siglos después cayó en manos del estudioso del Renacimiento Paul Oskar Kristeller, quien delegó la edición en uno de sus muchos discípulos. Patrizi, un platónico nacido en la Dalmacia, que se hizo famoso por publicar algunas de las más devastadoras críticas al aristotelismo medieval y humanista, llega al tema del beso movido por la misma inquietud que manifestaría Kierkegaard siglos más tarde: la filosofía ha ignorado olímpicamente el tema, los filósofos a intentar develar el misterio de la dulzura del beso con una taxonomía que aspira a la exhaustividad. Delfino es una obra de filematología descriptiva y experiencial.



[...]. El joven Delfino y el seductor Johannes tienen razón en preguntarse por qué el beso es algo tan placentero, tan suave, tan dulce y, a la vez, tan electrizante, tan estimulante. Si para los platónicos esto se debía a que el beso es la instancia más concreta de contacto real entre almas, para los poetas había otros motivos adicionales. El beso es, en efecto, un fenómeno nebuloso donde alma y cuerpo se confunden, pero por esto mismo es también la frontera entre la vida y la muerte, entre el ser y el no ser. Durante el beso con la lengua los amantes exhalan su aliento e inhalan el del amado. La metáfora del beso como pasaje de la vida a la muerte y de la muerte a la vida es uno de los temas centrales de cierta tradición lírica que explotó con particular dedicación el fenómeno del beso. Esta tradición, que surge en la Antigüedad grecorromana con los cantos eróticos de Teócrito, Catulo, Ovidio, Propercio, Tibulo y otros, renace en la Italia del siglo XV en la poesía neolatina. Un poeta neolatino en particular -el holandés Jan Everaerts, más conocido como Johannes Secundus, o Juan Segundo- decidió que el tema del beso era lo suficientemente importante como para tener su propio género lírico. Así, inventó el basium, una pieza lírica corta, que sin exigir un verso específico combina distintas posibilidades métricas para crear ritmos y cadencias que emulan el acto mismo de besar. La obra capital de Johannes Secundus, Basia (Los besos), publicada por primera vez en forma póstuma en 1539, es una colección de diecinueve "besos" en la que el poeta da cuenta de la exorbitante variedad de besos y formas de besar. El basium se distingue de otros subgéneros de la poesía lírica como el soneto, la oda, la elegía, el madrigal, el strambotto y el amoretto porque tiene un tema obligado: el beso. Pero el basium no es simplemente un poema sobre besos y el acto de besar, el basium es en sí mismo un beso del poeta al lector. El basium es acaso el único género literario cuyo objetivo principal es explícitamente táctil. Al evocar besos, el poeta da besos.



La taxonomía de besos que presenta la poesía de Johannes Secundus y sus predecesores neolatinos aparece en el lenguaje mismo. Basium es el término más usado para el beso erótico y difiere de osculum, la voz latina más común que refiere a cualquier tipo de beso (el beso entre familiares o amigos, el beso de la paz, el beso de Judas). Cuando Venus inventa el beso en el primer poema de la colección de Johannes Secundus, inventa el basium, el beso con la boca abierta.



[...] Si, como sostenía Sócrates, la filosofía no es más que un entrenamiento para la muerte, dado que es la práctica que nos enseña a separar el cuerpo del alma, el beso es, en la fantasía de estos poetas, filosofía pura. Para Sócrates y Platón la filosofía se pone en funcionamiento y se ejercita en el diálogo, y ¿no es el beso una forma alternativa de diálogo que prescinde del verbo (aunque no de la lengua)? Con justa razón, diría Secundus, Patrizi y Kierkegaard amonestaban a los filósofos por no haber apreciado el potencial filosófico del beso.


Por Pablo Maurette  | Para LA NACION












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