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domingo, 11 de enero de 2026
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Sodomía, indecencia e inmoralidad: El juicio a Oscar Wilde
Oscar Wilde junto a lord Alfred Douglas, noble con quien mantuvo una relación de varios años que lo llevó al juicio que terminaría por arruinar su carrera y su vida.
Sodomía, indecencia e inmoralidad: el juicio a Oscar Wilde por su relación con hombres jóvenes pero también por sus libros.
En el Día del Orgullo LGBT+, todo sobre la batalla legal de 1895 que arruinó la carrera del escritor y definió el curso de la literatura gay del siglo XX.
Por Fernando Pagano
3 de abril de 1895. Una chismosa multitud se agolpa a las puertas del Tribunal Criminal Central de Old Bailey, el juzgado más importante de Londres, para ser testigo de lo que sería uno de los procesos judiciales más importantes del siglo XIX y que, a su vez, repercutiría de manera directa en el curso de la literatura gay del siglo XX.
De un carruaje tirado por dos caballos, acompañado de un cochero y un lacayo, se baja, con un largo sobretodo Chesterfield azul oscuro, adornos de terciopelo y una flor blanca en el ojal, una de las personalidades más destacadas del arte británico del 1800. Esta vez, Oscar Wilde, escritor, poeta y dramaturgo de origen irlandés, no se abre paso entre la muchedumbre para firmar autógrafos ante el estreno de una de sus obras, no. Esta vez, el escritor llega “a la fiesta” acusado de sodomía por el marqués de Queensberry, padre de lord Alfred Douglas, con quien Wilde mantuvo relaciones desde 1891.
En este caso, y a diferencia de los dos procesos siguientes, Wilde no es el acusado, sino el acusador. El objetivo de este primer juicio, que no tardará en volverse contra él, es que el marqués de Queensberry, John Sholto Douglas, se retracte de haberlo acusado, mediante una carta, de “alardear de sodomita”, concepto que, aunque en el último siglo entró en desuso, en ese entonces era un sinónimo -abarcativo y difuso por demás- de homosexual.
El término “homosexual”, de hecho, no aparece en ningún momento de los tres largos procesos que tuvieron como eje central a Wilde, de 40 años, y sus aventuras con una serie de muchachos a los que doblaba en edad, en su mayoría “malandras”, “holgazanes”, “prostitutos” y “chantajistas”, como se los nombra. A pesar de ser un juicio, donde se supone que debería preponderar la claridad y, sobre todo, la verdad, las alusiones a la supuesta homosexualidad de Wilde son difusas y rara vez llegan a explicitarse.
El juicio fue uno de los sucesos más comentados por meses en los diarios de Europa.














