
La canción despliega una actitud de indiferencia ante diversos aspectos de la existencia, simbolizados por la noche y el desierto. El yo lírico rechaza la trascendencia de los signos nocturnos, el enigma de la luz, y el temor inherente al vacío. Esta negación se extiende al nombre de la nada, cuyo poder evoca angustia y opresión.
La imagen de las estrellas en el desierto, representando deseos inalcanzables, subraya la futilidad de la búsqueda. El cielo amenazante y el desierto infinito, interiorizado como una "lengua de fuego," refuerzan la idea de una realidad hostil e inescapable. La voluntad o el azar, personificados como manipuladores de un destino incierto, contribuyen a la sensación de agotamiento y falta de control.
A pesar de la omnipresente aridez y la sed insaciable, la canción culmina con una declaración de resistencia. El "eco funerario" es confrontado con un latido más fuerte, simbolizando la persistencia de la vida. La indiferencia inicial se transforma en una determinación activa, donde el pulso individual se convierte en guía y la experiencia, marcada por el "golpe a golpe," en un camino propio. En última instancia, celebra la capacidad de encontrar un sentido, una ruta, incluso en la más absoluta desolación.