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viernes, 23 de enero de 2026

Marie de los dragones (1)



Marie tiene una capacidad, la de ver la manifestación de las "abominaciones" de la oscuridad. En cierto sentido esta ligada a su mundo. El día en el que tiene que cumplir cierto ritual de madurez en el bosque, se encuentra que a su vuelta su familia, y todo su pueblo ha sido masacrado, pero por suerte puede ver los rostros de los que parecen los causantes de dicha masacre.





La razón es un misterio. Con su caras grabadas a fuego en su mente, Marie no tiene mas remedio que madurar rápidamente y ganarse la vida. Parece que la lucha no se la da mal, y se emplea como mercenaria en espectáculos de lucha y en lo que caiga, junto a su nuevo compañero y amigo de batalla. Mientras las sombras siguen acechando al mundo cada vez con más frecuencia, por lo que la iglesia, de mano de la orden especializada en su seguimiento, ha de ponerse en alerta para evitar los efectos de sus apariciones. Una historia de venganza, supervivencia y de personajes que buscan su propio beneficio rodean a Marie en esta saga de cinco volumenes, épica a ratos y brutal en otros. 


Thorgal (6) La caída de Brek Zarith



Esta es la última parte de este primer ciclo largo de la colección, que va a tener como escenario Brek Zarith y la fortaleza que, erguida sobre una cima escarpada, le da nombre al reino. Ahora que Thorgal tiene la certeza de que Aaricia ha emergido del limbo al que se había entregado, se pone en marcha la maquinaria para que Galathorn inicie la recuperación de su heredad. Brek Zarith es un reino de nobles disolutos, gobernados por un tirano opresor al que temen al mismo tiempo que conspiran contra él a sus espaldas: Shardar.






Con la intercesión de Thorgal, el príncipe Galathorn ha obtenido una curiosa alianza con los vikingos del norte, encabezados por Jorund el Toro. Mientras que estos dirigirán el ataque por mar con sus temibles drakkars, las tropas de Galathorn intentarán el asalto por vía terrestre. Entre tanto, en la fortaleza del usurpador, Aaricia ha despertado de su estado convaleciente (gracias a las acciones que, como vimos, emprendió Thorgal en el número anterior). Prisionera en esa jaula de oro, pasa sus días velando por la seguridad de Jolan, el hijo que, fruto de su unión con el héroe vikingo, ha nacido en igual situación de cautividad y al que Shardar pretende utilizar en alguno de sus múltiples experimentos, después de intuir que el pequeño alberga un poder de enigmáticos orígenes.
Tras una fantástica introducción, en la que las primeras páginas nos muestran un experimento de vuelo frente a las rompientes de Brek Zarith, que atestigua la crueldad de Shardar y el mutuo recelo que mantiene con sus cortesanos, nos metemos de lleno en esta aventura de reconquista del reino perdido. A la vez, los autores nos ponen sobre la pista del interés que Shardar sostiene sobre el jovencísimo Jolan, de apenas unos meses de edad: el descubrimiento de sus capacidades sobrenaturales, tema que se desarrollará ampliamente en próximos álbumes y que va a articular buena parte de la historia de la familia.
Hay un momento especialmente intenso, que resuelve rápidamente el ataque marítimo a Brek Zarith recurriendo al episodio que las crónicas narran sobre el asedio de la antigua ciudad de Siracusa, en el que Arquímedes, aplicando sus conocimientos de la técnica, empleó espejos cóncavos de metal para capturar y amplificar los rayos del sol del mediodía y destruir los navíos del enemigo romano, acabando con la flota casi al completo y liberando de esta forma el sitio que habían impuesto sobre su ciudad natal. Van Hamme copia la escena y Rosinski la retrata estupendamente. Es un acto que, no por conocido, deja de ser sorprendente y a su vez nos da una idea del potencial de Shardar al servicio de sus pesquisas científicas.
A pesar de esta hábil maniobra de Shardar, que deja con las fuerzas mermadas al ejército de los vikingos del norte, no conseguirá evitar que Thorgal logre infiltrarse en la fortaleza de Brek Zarith que, como ya nos anticipa el título de este tomo, está sentenciada a caer ante sus enemigos. En su deambular por los lóbregos corredores, pronto asistimos al primer encuentro de Thorgal con su propio hijo, aún sin ser consciente de este hecho. Es el comienzo de una relación padre-hijo que nos obsequiará con momentos memorables durante toda la serie.
En esta aventura cada personaje busca su propio objetivo. Hastiado del gobierno decadente de Brek Zarith, a Shardar no le importará rendir su corrupto reino a Galathorn mientras que pueda conservar los beneficios que piensa obtener de la involuntaria mediación de Jolan. A Thorgal en cambio, sólo le interesa encontrar a Aaricia y salir cuanto antes de allí, sin que le afecten ni los planes de Galathorn para restaurarse en el trono, ni la sed de oro y botín de Jorund, pero con lo que no cuenta es con la existencia de Jolan y su intervención en los proyectos de Shardar, que complicará la huída del lugar.
El álbum quiere extraer una lección sobre los manejos del poder: aquellos que lo ejercen rara vez son incorruptibles, de forma que muchos de quienes lo ostentan no logran escapar al destino de convertirse en seres sin escrúpulos por mantenerlo, aun cuando inicialmente se impongan a si mismos unos fines justos. Thorgal así lo entiende y, una vez recupera a su familia de nuevo, trata de alejarse lo más posible de toda forma de obediencia a cualquier príncipe o señor.
Rosinski sigue estando correcto en su evolución del dibujo, y nos muestra a un Shardar cuya imagen refleja muy bien la execrable personalidad del tirano. También destaca la estética que le aplica a la figura y los atuendos de la estrafalaria corte de Brek Zarith: barones, nobles y cortesanos cuyas motivaciones saltan de las celebraciones que les ofrece su señor a las intrigas palaciegas frustradas. Igualmente, transmite con acierto el ambiente claustrofóbico de las galerías subterráneas que marcan el itinerario de huída de Thorgal bajo la fortaleza.
Esta entrega es el punto final para algunos de los personajes secundarios que de forma esporádica nos han ido acompañando hasta ahora, no así para otros que sorprendentemente reaparecerán en un futuro. Al fin la pareja, que a partir de ahora incorpora a un nuevo miembro, parece alcanzar una relativa paz cuando cerramos las páginas de este número. Al menos ése es el deseo último que expresan, sin saber todavía lo duramente realizable que va a resultar para ambos durante la mayor parte de sus vidas.


Ocho y medio, de Juan Giménez


Reeditamos esta publicación en Homenaje a un grande que partió este 2020. (Ilustración Domestika)


Desde siempre el hombre ha intentado controlar la 4ª dimensión, el espacio-tiempo, el salto a través del tiempo, en definitiva, lograr el dominio absoluto del tiempo. El tiempo en sus manos.



Grandes científicos, como pueden ser Einstein o Hawking, han intentado meterse de lleno en el meollo de la cuestión, intentando clarificar si es o no teóricamente posible viajar hacia delante o hacia atrás en el tiempo. De la misma manera que se podría viajar o no en el tiempo, si realmente existiera un pasado o un futuro, y no fueran, a lo mejor, simplemente la forma que tiene el hombre de definir su propia historia, explicar los acontecimientos acaecidos en el pasado, viviendo un tiempo presente, sin saber nunca lo que le deparará el futuro.
Un icono de la literatura universal, “La máquina del tiempo” de H. G. Wells, intentó solucionar, como tantos otros escritores, este galimatías en clave de literatura de ciencia ficción, inventando una máquina del tiempo capaz, en este caso, de transportarte al futuro, con el propósito de descubrir hacia dónde va la humanidad. Conjeturas y más conjeturas, de las que se nutre toda buena ciencia ficción que se precie, intentar demostrar científicamente hipótesis de trabajo y posibilidades impensables, en ese afán del hombre de soñar las cosas que están fuera de su alcance y de sus posibilidades reales.
En “Cuestión de tiempo”, publicado por Toutain Editor, Juan Giménez juega a enseñarnos posibilidades de dominio de la cuarta dimensión transformándose en una realidad cierta, plasmándonoslo en una serie de historias que explican el afán y utopía del hombre de ser capaz de poder manipular el tiempo a su antojo.
En el relato “8 y ½”, la cuestión es simplemente ejemplificar en una historia la intención de todo ser vivo de protagonizar un hecho histórico, siendo un héroe en tercera persona, deteniendo el tiempo para favorecer ciertas acciones en su propio beneficio.


Ver también:




Gilgamesh, el inmortal: El no-muerto



Gilgamesh, el inmortal, es una serie de historieta argentina creada por el dibujante y guionista Lucho Olivera, basada en la antigua leyenda sumeria del rey Gilgamesh, un hombre que busca la inmortalidad de los dioses. Pertenece al género de ciencia ficción y fue publicada a partir de junio de 1969 por la Editorial Columba.


Wolf (5) La deuda pagada



La historia de un rey sajón y su lucha por recuperar su tierra perdida. Otra apasionante historia salida de la pluma de Robin Wood e ilustrada por Jorge Zaffino, uno de los mejores dibujantes argentinos de todos los tiempos, luego continuada por el prolífico Armando Fernández y el gran Rubén Meriggi. Gracias a la magia de Internet, hoy podemos difundir y homenajear a sus creadores, que tantas emociones nos regalaron con esta maravillosa historieta. En homenaje a Armando Fernández y a Rubén Meriggi, grandes personas con mucho talento.




El 20 de diciembre de 1979, la revista Fantasía super color 49, anunciaba en su página de próximo número (tímidamente entre lo que vendría), el comienzo de una serie nueva de Robin Wood para el año entrante. Así fue que el 3 de enero de 1980, en Fantasía anuario 17, hizo su aparición Wolf, el hijo de la loba. Situada su historia alrededor del año 900 DC. De la pluma mágica de Robin Wood y el lápiz magistral de Jorge Zaffino, en una Inglaterra plagada de druidas, sacerdotisas, elfos, duendes y bosques mágicos y en una noche de muertes y de tormenta, nacía Wolf.
Personaje que duró varios años y 117 episodios en revista Fantasía, hasta noviembre de 1991, siendo el último episodio publicado, el 118 (el nº 99 escrito por Armando Fernández no fue publicado).
Robin Wood escribió los primeros 23 capítulos, haciéndose cargo después y hasta el final, Armando Fernández. A veces firmando con su nombre real, pero la mayoría de los episodios fueron firmados con los seudónimos de Ned Patton, Gonzalo Bravo y Daniel Sinópoli.
También los dibujos fueron estampados a lo largo de la serie por variados y grandes artistas, dejando su impronta en el personaje, aparte de Jorge Zaffino; Simón Gneiss (Eduardo Barreto), Rubén Meriggi, a veces haciendo dupla con Walter Alarcón, Fabian Slongo, Víctor Toppi y Sergio Ibáñez. (Fuente)