.

sábado, 3 de enero de 2026

Xena (3) DarkXena

 



En los tiempos de los dioses antiguos, jefes militares y reyes, una tierra confundida pedía a gritos un héroe. Ella era Xena. Una poderosa princesa forjada al calor de la batalla, el poder, la pasión, el peligro. Su valentía cambiaría el mundo.



Mega

Contiene:
Dark Xena
La boda de Hercules y Xena
Contest of Pantheons
Xena (Dark Horse)
Xena, la princesa guerrera (Forum)
Xena - La Princesa Guerrera Vol2 01-06+anual
Xena - La Princesa Guerrera Vol3 (2018)
Xena Vs Army Of Darkness - Qué... Otra vez
Army Of Darkness Vs Xena Vol3 - Por siempre...  y un dia
Xena vol.4 02

Revista Machete N° 168, 169, 170: Historia de la Tierra

 

Portada revista Machete N° 168 - Agosto de 2017


El planeta Tierra apareció tras la colisión de otros planetas más pequeños. Debido al intenso choque entre ambos se creo una gran masa de roca ardiente. Ambos planetas tenían un núcleo de metal y un manto de rocas, lo que explica que el interior de nuestro planeta tenga las mismas características.






Rodwin de las Galias (17) Siglinda y el abismo helado

 


El guion de esta serie fue de Armando Fernández (como Axel Bergier) aunque hay 2 episodios escritos por Ricardo Ferrari. Y los dibujos de Miguel Ángel Castro Rodríguez (Firmando con su apellido invertido), Rubén Meriggi, Fabián Slongo, Walter Alarcón y Víctor Toppi.


Rodwin de las Galias es una buena serie. Además, está el enlace de Mega para que nuestros lectores continúen con las aventuras de este galo, en el mundo vikingo.









Historia del Hombre (15) Roma: Decadencia y final de la República



La decadencia y caída del Imperio Romano es un concepto historiográfico que hace referencia a las transformaciones operadas durante la crisis del siglo III y el Bajo Imperio Romano, que a partir de 395 condujeron a un rápido deterioro del poder romano, y al hundimiento del Imperio de Occidente, cuyo último emperador efectivo, Rómulo Augústulo, fue depuesto por el caudillo hérulo Odoacro, empleado al servicio de Roma.
La decadencia y caída del Imperio romano es una de las cuestiones más debatidas y estudiadas de la Historia. Es considerada por algunos como "el mayor enigma de todos", y ha sido uno de los ejes del discurso histórico clásico.



En la revista Mampato se publicó una extensa serie llamada Historia del Hombre donde se recorría la historia de la humanidad desde la prehistoria hasta la Segunda Guerra Mundial. Tras esta iniciativa se encontraba el director de la revista Eduardo Armstrong, quien encargó la redacción de los textos a la periodista Erna Borneck. El primer capítulo de la serie apareció en marzo de 1969 (Mampato Nº12), prolongándose hasta abril de 1972 (Mampato Nº119). La serie fue recopilada –y ampliada con nuevos capítulos– en cuatro tomos que se publicaron entre los años 1974–1975 y que han tenido múltiples reimpresiones.

¿Se explica o no se explica?

 


Me pareció interesante este artículo aparecido en la Revista Ñ, del 29 de enero de 2011, sobre todo para los que creemos que el arte es el resultado del trabajo serio y del talento reflexivo. Ante una obra incomprensible el espectador nunca debe preguntarse qué quiso decir el artista. La comunión entre la obra y el espectador debe ser inmediata y sin intermediarios. Es por eso que defendemos a la pintura realista y bregamos por su renacimiento. El espectador es nuestro aliado y no pretendemos agredirlo.
El artículo, en cuestión, fue escrito por José Fernández Vega y se refiere al libro de Marc Jiménez, “La querella del arte contemporáneo”, y dice más o menos así:


Ese algo indefinido que llamamos arte

“La cuestión del arte contemporáneo se plantea desde hace un siglo y se agudiza con cada inauguración, subasta o escándalo, sostiene Marc Jiménez. Su libro interpela parejamente a artistas, crítica, teoría, público y mercado.
En qué momento se jodió el arte contemporáneo? ¿Fue acaso en 1917, cuando Marcel Duchamp, sospechoso habitual, compró un urinario en un comercio, lo firmó con seudónimo y lo emplazó en una muestra convencional? ¿O con los delirios que Dada organizaba durante la Gran Guerra? ¿Tuvo lugar en su mismo origen, con los primeros cubistas? ¿Ocurrió mucho después, con las extravagancias de los años sesenta? Los ejemplos podrían multiplicarse al infinito. ¿Sería mejor, entonces, si en lugar de indagar a los artistas acusáramos a Hegel, a Nueva York, a Guido Di Tella? ¿Serán responsables los alcaldes porque advirtieron que una bienal improvisada o una modesta colección dentro de un edificio de gran diseño, podían volverse rentables atracciones turísticas? ¿Sería más justo apuntar contra esos magnates que, en busca de prestigio y bohemia, pagan fortunas de su dinero negro azuzando la obscena estampida de precios? La Gran Obra de Arte, o su nostalgia, parece representar la última figura de autoridad todavía popular en una cultura donde todas las instituciones muestran heridas abiertas y las antiguas certezas se evaporan. El arte contemporáneo no ofrece, como en el pasado, obras maestras inmediatamente accesibles a todo público, de las cuales el entendido admiraba unos aspectos, otros el observador lego, y ambos quedaban reconfortados por igual.
La historia se transformó completamente a partir de comienzos del siglo XX, cuando Duchamp, con su mingitorio, abrió la posibilidad de que cualquier cosa pudiera ser considerada una obra de arte, incluso un objeto banal, cuya apreciación estética el artista repudiaba. Duchamp buscaba suprimir la noción de belleza para hablar de las obras y superar un ideal establecido a través de los siglos. Las consecuencias de su gesto radical fueron inmensas y siguen irritando a una mayoría, apartada de las salas de exposición e indignada por lo que allí se exhibe.
La hostilidad hacia el arte contemporáneo no sólo se manifiesta en un gran público que se siente ultrajado y le da la espalda, sino también entre los especialistas. En su libro, Marc Jimenez reconstruye una controversia que estalló en Francia a comienzos de la década de 1990, cuando una serie de artículos impugnaron con violencia la escena artística del momento. Denunciaban a sus animadores por impostores, superficiales representantes de una interminable decadencia. Reprochaban las subvenciones para realizaciones estúpidas que los museos y las galerías recibían complacientes.
Las instituciones fomentaban transgresiones que incorporaban, felices, a sus colecciones. Los artistas disfrutaban de su nulidad y su falta de oficio sufragados con dinero público. El arte había cercenado sus vínculos con la sociedad, a la que ya no servía como dispositivo crítico, ni como fuente de placer. Nadie tenía la menor idea de cómo evaluar una obra.
Los partidarios del arte contemporáneo adoptaron una actitud apenas defensiva. Carecían de argumentos, se amparaban en obviedades. Era para ellos muy difícil justificar esos principios que, aplicados a su música, el revolucionario John Cage enumeró con ironía: “Ningún tema, ninguna imagen, ningún gusto, ninguna belleza, ningún mensaje, ningún talento, ninguna técnica, ninguna idea, ninguna intención, ningún arte, ningún sentimiento”.


 El gran público que quiere ver arte y admirar se refugia en los museos.




Todos los jueves, en simultáneo por este blog y canal de Youtube