La poesía, un faro en la oscuridad del alma, encuentra su máxima expresión en la devoción y el amor maternal. En el poema que nos convoca, "Adoro tu poesía", se entrelazan la ternura divina y la súplica de un amor puro, revelando la profunda conexión entre la madre celestial y su hijo. La Virgen, figura de misericordia y consuelo, anhela el afecto de su vástago, no por necesidad egoísta, sino como un reflejo de su amor incondicional.
Las palabras de la Virgen resuenan con una dulzura inigualable: "Ámame, hijo mío, pues adoro tu poesía y te enseñaré proezas aéreas." Aquí, la poesía se convierte en un puente entre lo terrenal y lo divino, un lenguaje que la Madre comprende y valora. A cambio de este amor filial, ella ofrece "proezas aéreas", metáfora de la libertad espiritual y la elevación del alma que solo la fe puede otorgar. La imagen de los cabellos lavados en las "nubes del alba" evoca pureza y renovación, mientras que el deseo de "dormirse sobre el colchón de la neblina intermitente" sugiere un anhelo de paz y sosiego en la inmensidad divina.
La Virgen, con sus "miradas" que son "un alambre en el horizonte para el descanso de las golondrinas", se presenta como un refugio, un lugar de reposo para las almas errantes. Su amor se manifiesta como una guía constante, un puerto seguro en el viaje de la vida. La repetición de la súplica "Ámame" al final del poema no es un ruego desesperado, sino una invitación a la reciprocidad del amor, a la entrega total y a la comunión espiritual. En este poema, la Virgen no solo habla, sino que invita a amar, a sentir y a trascender a través de la poesía y la fe.
"Ámame, hijo mío,
pues adoro tu poesía
y te enseñaré
proezas aéreas.
Tengo tanta necesidad de ternura,
besa mis cabellos,
los he lavado esta mañana
en las nubes del alba
y ahora quiero dormirme
sobre el colchón de la neblina intermitente.
Mis miradas
son un alambre en el horizonte
para el descanso de las golondrinas.
»Ámame.»






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