La vieja sonda espacial ha mandado extraños mensajes tras años de silencio.
Las grandes antenas de la red de Espacio Profundo (en California, Australia, y Madrid) escuchan periódicamente las débiles señales de la sonda Voyager 1, que lleva volando por el espacio desde 1977. Casi 46 años. Normalmente, los datos que reciben son sobre densidad de plasma, campos magnéticos y rayos cósmicos. Son los únicos instrumentos de la nave que siguen funcionando, ya que los demás se desconectaron hace mucho tiempo para ahorrar energía; además, en la región por donde se mueve ahora ya no hay nada que pueda ser de interés para ―por ejemplo― sus cámaras de televisión.
Pero, hace poco, la telemetría indicó que la antena principal se había desviado y ya no apuntaba hacia la Tierra. Y las señales seguían llegando. Ambas cosas son incompatibles y apuntan sencillamente a un fallo en los sensores del mecanismo de orientación: la nave sigue en su alineación correcta, pero sus mensajes insisten en que no es así. La explicación más sencilla es que parte del sistema de codificación de datos ha sucumbido a la intensa radiación que está sufriendo.
La Voyager 1 es la nave que ha llegado más lejos en el espacio, hasta el punto de que carece de sentido expresar en kilómetros la distancia a la que se encuentra. Son decenas de miles de millones. Es más práctico recurrir a unidades que habitualmente se utilizan en astronomía: más de 20 horas luz. Y sigue aumentando, a razón de unos 60.000 kilómetros cada hora.
Esta sonda se lanzó con el objetivo de estudiar de cerca los dos planetas gigantes: Júpiter y Saturno. Pese a su número, despegó 15 días después que su gemela, la Voyager 2, pero al seguir una trayectoria más rápida acabaría por adelantarla y llegar antes a su destino. El viaje a Júpiter le llevó casi dos años; a Saturno, otro tanto, gracias al acelerón que experimentó al pasar frente a Júpiter.



























