“La Virgen del Magnificat” de Sandro Botticelli - Detalle
El arte de la pintura ha contribuido de modo importantísimo a la difusión de los misterios bíblicos. Por siglos, la mayoría de los devotos analfabetos encontraron en las imágenes religiosas una forma de conocer la historia de Jesús.
Por Rubén Reveco - Editor
Las imágenes que generan la religión, el mito y todo tipo de creencia espiritual han ocupado gran parte del quehacer artístico. Desde épocas prehistóricas el hombre pintó diversas figuras en un afán de transfigurar sus anhelos, deseos, temores y sueños.
Pueblos de Oriente y Occidente recurrieron a sus artistas para que realicen magníficas obras de arte. Es así como, por ejemplo, Osiris, dios egipcio, Afrodita, diosa de la belleza, Marte, dios romano de la guerra, han llegado a nosotros como un testimonio poderosísimo de la mancomunada acción entre arte y fe.
¿Qué ha significado para cientos de artistas cristianos de hace 2000 años la llegada del Hijo de Dios? La Natividad es un tema de profundo recogimiento espiritual. Y en ese marco nos preguntamos cómo muestra el pintor (en especial) ese momento.
La infancia de Cristo es fecunda en símbolos. La representación no necesariamente debe ser una “cosa” pastoral, dulzona y rebosante de ternura maternal, ya que el que nace no es un hombre común y corriente, sino Dios hecho hombre; es una situación paranormal. Pintar al hijo de Dios no es un pretexto para manifestar sólo dulzura y belleza física, ya que Dios no tiene porqué ser hermoso, a imagen y semejanza de un ideal humano; y relacionar, así, belleza con bondad y sabiduría.































