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martes, 5 de agosto de 2014

Tunga: El dios del fuego


Nuevamente la destreza de Fran Solo con el Photoshop nos permite disfrutar esta recordada aventura de Tunga, titulada "Tunga y el dios del fuego", correspondiente al segundo volumen publicado por Mampato y que en su edición original en la revista Tintin corresponde a la tercera aventura, publicada allí a partir del 25 de diciembre de 1962. 

Con guión de Jacques Acar y el dibujo de Edouard Aidans, esta historia de Tunga es muy buena. Si la primera aventura (La horda maldita) era una suerte de recreación de uno de los más antiguos y poderosos mitos: el de los hermanos enfrentados en una rivalidad que lleva peligrosamente a la violencia fratricida; en ésta Acar y Aidans nos hablan del valor de la amistad, de la solidaridad, de la lealtad y de la importancia que la colectividad tiene en relación al individuo. La amistad de Tunga con Tao, quien poco antes se convertía en el dueño de la vida del ghmur, constituye el núcleo sobre el que gira esta historia. En la época en que está ambientada esta historia, la colectividad lo era todo y el individuo sólo constituía una condición para aquella. Así, el padre de Tao, ante la captura de su hijo en manos de los hombres del fuego, sostiene que "no importa su vida con tal que la horda sobreviva". Pero Tunga, en quien el proceso de individuación parece ser más propio de la modernidad que del paleolítico, decide salvar a Tao a como dé lugar.
Hay detalles interesantes en esta historieta. Por ejemplo, los ghmur no conocen el dominio del fuego porque Tunga lleva consigo un depósito en el que echa las brasas ardientes de las fogatas que hace, de manera de poder recurrir a ellas cada vez que necesita nuevamente hacer fuego. Entre paréntesis, supongo que en la escena en que está comiendo la carne del carnero que capturó, esa carne se la come cruda ¿no? A ver si quien la lea lo confirma.

Tunga tampoco conoce el tipo de casas que construyen "los hombres del mar", como llama él a quienes forman parte de una típica cultura lacustre de aquellas épocas, y que vivían en palafitos. Tampoco los ghmur conocen el uso de bebidas alcohólicas, ni los volcanes; pero sí saben del valor de la lealtad y eso Tunga lo demuestra con creces.
Pues bien, que disfruten entonces esta entretenida historia del valiente ghmur. Y gracias a Fran Solo por la edición de lujo que nos brinda.




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